La suerte, por definición, está constituida por factores fortuitos o casuales, que no dependen de la voluntad de las personas

Sin embargo, la ciencia ha demostrado que, tal como se suele decir de forma coloquial, a la suerte se la puede “ayudar”

Hacer caso a la intuición, ser optimistas y aprovechar al máximo las oportunidades son algunas de las claves

En general, cuando hablamos de la suerte -buena o mala- nos referimos a factores fortuitos o casuales que de alguna manera afectan nuestras vidas. Es decir, circunstancias que están fuera de nuestro control y sobre las cuales no podemos hacer nada. Sin embargo, desde tiempos ancestrales los seres humanos hemos buscado formas de influir sobre la fortuna: supersticiones, amuletos y rituales de la más diversa índole, muchos de los cuales conservan su vigencia, dan cuenta de ello.

Tales creencias se presentan, está claro, como todo lo contrario al pensamiento científico. No obstante, ha habido personas de ciencia que dedicaron sus esfuerzos a estudiar la suerte y, más concretamente, cómo influyen las ideas acerca de la suerte en el comportamiento y el rendimiento de las personas en diversas circunstancias y si es posible propiciar la buena fortuna: hacer algo para mejorar la propia suerte, más allá de llevar un crucifijo colgado del cuello o evitar pasar por debajo de las escaleras.

Principios para “crear” la buena suerte

Los estudios más importantes al respecto los llevó a cabo el británico Richard Wiseman, psicólogo de la Universidad de Hertfordshire, en el Reino Unido. Después de una década de trabajo sobre este tema, publicó el libro The Luck Factor (traducido al español como Nadie nace con suerte), en el que describe una serie de experiencias con cientos de personas que se consideraban a sí mismas “suertudas” y otras tantas que lamentaban su “mala suerte”. Los resultados le permitieron identificar cuatro principios básicos que las personas del primer grupo utilizan para crear su buena suerte:

  1. Maximizar las oportunidades. Las personas afortunadas tienen la capacidad de crear o advertir las situaciones para obtener resultados y actuar en función de ellas. Lo hacen de diversas maneras, como al conformar redes para trabajar en equipo, asumir una actitud relajada ante la vida y estar abiertos a nuevas experiencias.
  2. Hacer caso a la intuición. Las personas con buena suerte, según Wiseman, suelen tener en cuenta sus “corazonadas”, las sensaciones y sentimientos que las cosas les generan. Pero ¿cómo funciona la intuición? Al parecer, afirma el autor, “cuando tienes conocimiento en cierta área, de alguna manera el cuerpo y el cerebro detectan un patrón que no puedes ver de manera consciente”. Cuando advierten una sensación positiva sobre algo, los “suertudos” analizados por Wiseman dijeron “parar y considerarlo”, mientras que los de menos fortuna en general no les hacían caso, debido a que no sabían reconocerlos.
  3. Ser optimista. Alguien podrá decir que es más fácil ser optimista cuando tienes suerte y las cosas te salen bien, y tendrá razón, pero Wiseman sostiene también lo contrario: que tendrás más suerte y las cosas te saldrán mejor si eres optimista. Es decir, se trata de un círculo virtuoso. ¿Por qué razón? Pues ver el futuro con optimismo da fuerza para sobreponerse a los fracasos y perseverar en la búsqueda. A menudo, la diferencia entre una persona con suerte y otra sin ella es que la primera tuvo el tesón para intentarlo una vez más y la segunda no.
  4. Convertir la mala en buena suerte. Según Wiseman, las personas con buena suerte “emplean varias técnicas psicológicas” para hacer frente a la mala suerte e incluso, en muchas ocasiones, para aprovecharla a su favor e interpretarla como buena suerte. Un ejemplo es imaginar de manera espontánea la forma en que las cosas que no salieron bien podrían haber ido aún mucho peor. Estas personas, en otras palabras, se esfuerzan por ver el lado positivo incluso de las cosas malas.
Imagen: Lucky Charm
Imagen: Lucky Charm

La utilidad de las supersticiones

Hace unos años, investigadores de la Universidad de Colonia, Alemania, se propusieron estudiar las supersticiones, esas costumbres que la ciencia suele ver -según los propios autores- como “inconsecuentes creaciones de mentes irracionales”. El trabajo demostró que, lejos de resultar “inconsecuentes”, los pequeños rituales mejoraron el rendimiento de los participantes en disciplinas tan disímiles como golf, anagramas o juegos de memoria.

Esto no se debe a ningún poder sobrenatural, desde luego, sino a que los competidores se sintieron con mayor confianza cuando respetaron esas creencias. Por lo tanto, se trata de otra de las “técnicas psicológicas”, a veces inconscientes, de las que ya hablaba Wiseman.

Una revisión posterior, realizada por investigadores de Estados Unidos, examinó ese y otros cinco estudios, todos los cuales llegaban a la conclusión de que, si bien el respeto de ciertas supersticiones no servían para alcanzar metas de aprendizaje, sí es efectivo para lograr metas de rendimiento en una situación determinada. Y todo gracias a esa mayor confianza que sienten quienes pueden cumplir con sus rituales.

Encontrar sin buscar: la serendipia

Todas las mencionadas hasta aquí se pueden considerar como formas de “ayudar” a la buena suerte. Y en el mismo grupo también se incluyen las serendipias, los descubrimientos o hallazgos casuales que se producen cuando lo que se busca es, en realidad, otra cosa. Existen ejemplos célebres de serendipias en la historia de la ciencia.

El descubrimiento de la penicilina comenzó cuando a Alexander Fleming, por un descuido, un cultivo de bacterias se le contaminó con un hongo. El inventor estadounidense John Wesley Hyatt desarrolló un método que simplificaba la producción de celuloide después de ver cómo se solidificaba el colodión que se le había volcado por accidente. Los pósits nacieron después de que un operario se olvidara de añadir un componente de un pegamento.

Hay incluso quienes (como Umberto Eco) sostienen que la llegada de Colón a América cuando iba en busca de las Indias fue una serendipia. El caso es que hace falta estar lo suficientemente atentos y aportar una cuota de creatividad para que esa casualidad redunde en algo que vaya más allá. Un pesimista, de hecho, habría interpretado estos descuidos, accidentes u olvidos como mala suerte; pero esos inventos o descubrimientos convirtieron la mala en buena suerte, como explica Richard Wiseman.

Resiliencia, otra clave

Otra palabra clave cuando se trata de propiciar la buena suerte es resiliencia: la capacidad de adaptarse ante los hechos o situaciones adversas. Wiseman cuenta en su libro una conversación con una persona que se consideraba “suertuda”, la cual, pese a ello, acababa de romperse una pierna tras caer por unas escaleras.

“Supongo que no se considera tan afortunado en estos momentos”, le dijo el investigador. El otro le explicó que la última vez que había estado en un hospital, 25 años atrás, se había enamorado de una enfermera con la que ahora seguía felizmente casado. “Aquello fue lo mejor que me pasó -dijo el hombre-. De modo que, sí, ahora las cosas parecen malas, pero a largo plazo las consecuencias de esto podrían ser algo muy, muy positivo”. Pues esa es la actitud del resiliente y del optimista: creer que incluso de lo malo puede llegar algo bueno. Una forma de echarle una mano a la buena fortuna.

 

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