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Paseos por el bosque y el campo: ¿tiene beneficios físicos y psicológicos?

 

Las caminatas por el bosque, el campo y, en general, los entornos naturales suelen generar una sensación de bienestar, tanto a nivel físico como mental. Es algo que han experimentado infinidad de personas a través de los siglos. Pero en los últimos años algunos investigadores se han propuesto describir de manera científica las características de ese bienestar: en qué consiste, cuáles son exactamente los beneficios de dar paseos en la naturaleza.

En un trabajo de 2015, un equipo dirigido por Gregory Bratman, experto de la Universidad de Stanford, Estados Unidos, partió del concepto conocido como “rumiación mórbida”, es decir, los pensamientos que vuelven una y otra vez a la mente, que pueden tornarse obsesivos y que son a menudo causa de estrés, ansiedad, angustia y depresión. Diversos estudios han demostrado que esta rumiación es mucho más común en la gente que vive en la ciudad que entre quienes viven en entornos naturales. Y que está relacionada con una mayor actividad en una zona del cerebro conocida como corteza prefrontal subgenual.

Pasear por la naturaleza, ganar tranquilidad

Bratman pidió a dos grupos de 38 voluntarios adultos y sanos que completaran una encuesta para conocer su grado de rumiación mórbida. También, por medio de un escáner, midió la actividad en la corteza prefrontal subgenual de sus cerebros. Luego les pidió que fueran a dar paseos en solitario durante una hora y media: 19 personas debían caminar por el campus de la universidad (un espacio verde, silencioso, tranquilo, natural) y las otras 19, junto a una ruidosa autovía de varios carriles. Cuando volvieron, les pidió que respondieran la misma encuesta y otra vez un escáner evaluó su actividad cerebral.

Entre quienes habían caminado junto a la autovía, los resultados no mostraron variaciones. En cambio, los que habían paseado por el espacio silencioso y natural evidenciaron diferencias ligeras pero significativas tanto en sus respuestas al cuestionario como en el flujo sanguíneo -más bajo- en la corteza prefrontal subgenual. Es decir, estaban más tranquilos, estaban mejor.

Otro artículo del mismo año, también realizado por Bratman y su equipo, añadía entre los beneficios de los paseos por la naturaleza el de mejorar el rendimiento de la memoria operativa o de trabajo. Se trata de una memoria de corto plazo que permite almacenar y manipular información de forma temporal para la realización de tareas cognitivas complejas, como la comprensión del lenguaje, la lectura, las habilidades matemáticas, el aprendizaje o el razonamiento.

La importancia de “restaurar” la atención

De acuerdo con la llamada teoría de la restauración de la atención, la mente se fatiga cuando alguien tiene que estar concentrado durante mucho tiempo debido a los estímulos que recibe del exterior. Esto es lo que ocurre durante buena parte de la vida en la ciudad, donde esos estímulos son constantes y hay que estar atentos para, por ejemplo, no ser arrollados por un coche al cruzar la calle.

Pasear por la naturaleza posibilita justo lo contrario: contemplar árboles, nubes o una puesta de sol no exige una alta concentración, y por lo tanto supone una restauración de la atención a unos niveles más naturales. Este descanso -que reduce el estrés y propicia el bienestar- es otro de sus beneficios, tal como lo explica un estudio realizado por científicos de la Universidad de Michigan, Estados Unidos, y publicado en la revista especializada SAGE Journals en 2008.

Ya en la década de 1980, por cierto, un estudio había señalado los efectos positivos de poder mirar paisajes naturales por la ventana para pacientes que se recuperaban de una cirugía. Lo que contaron con esa posibilidad debieron pasar menos tiempo en el hospital tras la operación, necesitaron analgésicos menos potentes y recibieron menos evaluaciones negativas por parte de las enfermeras que los pacientes que estaban en habitaciones similares pero sin ventanas.

Los “baños de bosque” y sus beneficios

En Japón han desarrollado una práctica llamada Shinrin-yoku, que significa literalmente “absorber la atmósfera del bosque” y que en español se ha extendido con una fórmula más simple: “baño de bosque”. Consiste, en esencia, en acudir al bosque no solo para dar un paseo o contemplar sus vistas, sino para tratar de “absorberlo” a través de los cinco sentidos: respirar hondo, entrar en contacto con los aromas de la naturaleza, sentir las texturas del suelo, de las hojas de las plantas, oír el canto de los pájaros, los cursos de agua, el viento entre los árboles.

Esta práctica es promovida desde 1982 por la Agencia Forestal de Japón. Un estudio realizado en 2009 por un equipo de científicos de ese país determinó que darse “baños de bosque” podría disminuir las concentraciones de cortisol, la frecuencia del pulso, la presión arterial y la actividad nerviosa simpática, y a su vez aumentar la actividad nerviosa parasimpática, todo esto en comparación con los índices que en promedio se registran durante la vida en la ciudad. “Los resultados de las mediciones fisiológicas -detallan las conclusiones del artículo- sugieren que el Shinrin-yoku puede contribuir con la relajación del cuerpo humano, y que los efectos psicológicos de las áreas forestales son un correlato de los diversos factores físicos del entorno del bosque”.

Según el libroShinrin-yoku: El poder del bosque, del inmunólogo japonés Qing Li (traducido al español este año por Roca Editorial), una las principales causas de los efectos positivos del bosque son unas sustancias llamadas fitoncidas, una especie de aceites naturales con los cuales los árboles se protegen de bacterias, hongos e insectos. Tal sustancia se encuentra en el aire y, de acuerdo con el autor, se absorbe por medio de la respiración. Otra de las razones sería una bacteria, llamada mycobacterium vaccae, que también abunda en las zonas boscosas.

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