Hacer un zumo no tiene mucho misterio ni requiere demasiada tecnología. Pero si empezamos a hablar de cold press (prensado en frío) y de sofisticados aparatos pensados para conseguir este tipo de bebidas, no sólo el tema se vuelve más sofisticado, sino también más caro. Si a la receta se le suma algo de diseño, un buen vendedor de humo, una de esas startup de Silicon Valley, y clientes dispuestos a gastar lo que sea por tener el último gadget, el resultado es Juicero.

Tras ese nombre está lo que prometía ser la Nespresso de los zumos. Un aparato capaz de obtener en pocos segundos y sin apenas ensuciar -eterno problema de las licuadoras convencionales- un estupendo zumo de frutas y verduras a partir de bolsas con diferentes preparados para cada combinación de sabores.

Un negocio y una máquina que despertó mucha expectación entre los más modernos de la costa oeste de Estados Unidos, y que llegó a conseguir -levantar, como se dice en el argot de los emprendedores- más de 120 millones de dólares de financiación. Teóricamente se trataba de un sistema de tecnología única capaz de, mediante presión, conseguir esos estupendos y coloridos zumos.

La empresa comenzó a comercializar Juicero en la primavera de 2016 a un precio de nada menos que 700 dólares. Y todo iba bien hasta que alguien tuvo la mala idea de probar a apretar con las manos una de esas bolsas que contenían el preparado para los zumos y, sorpresa, resulta que la simple presión manual y algo de paciencia bastaba para extraer el zumo.

 

Ni el precio posterior de 400 euros a los que se vendía la máquina consiguió aplacar el escándalo cuando se descubrió su dudosa utilidad real. Por cierto, cada una de las bolsitas con los preparados para zumos tenía un precio de entre 5 y 7 dólares, y un código QR encargado, al menos oficialmente, de informar sobre su estado de conservación y forma de prepararlo. Los más críticos aseguran que se trataba de una forma de impedir la entrada de sistemas compatibles, tal y como ocurre con las cápsulas de café.

Pero todo eso ya da igual, porque la compañía acaba de anunciar su cierre y el despido de la plantilla que había sobrevivido al primer escándalo. ¿Uno de los mejores ejemplos de esas empresas a la búsqueda de un modelo de negocio resultón, capaz de engañar a inversores pero detrás del cual no hay absolutamente nada? Eso es lo que aseguran muchos analistas, recordando que el creador de Juicero, Doug Evans, ya había llevado a la bancarrota otro negocio relacionado con la alimentación.

Algo que, en un mundillo de emprendedores que casi alardean de las veces que han fracasado como parte de su currículum, no parece ser ningún inconveniente para engañar a unos cuantos clientes y, lo que igual resulta más preocupante, a inversores de la talla de Google.

Juicero era bonito y parecía un buen negocio. Por lo visto a nadie se le ocurrió preguntarse si, además de eso, realmente servía para algo.

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Author: Iker Morán
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