En los años 60 del siglo pasado, los resultados de un estudio paneuropeo sobre riesgo de enfermedades cardiovasculares y alimentación, puso a los viticultores franceses a bailar sevillanas; de alegría, se entiende… La razón es que, como norma, la alimentación de los países del norte, mucho más basada en grasas animales que la dieta mediterránea, aumentaba el riesgo de problemas cardiovasculares.

La ‘paradoja francesa’

Esto era así para la mayoría de países del septentrionales excepto Francia, donde sus resultados se acercaban mucho más a los de las naciones del sur de Europa a pesar de que su dieta es por porcentaje de grasas animales mucho más afín al norte que al sur. A este descubrimiento se le llamo ‘la paradoja francesa‘ y la ciencia atribuyó en primera instancia esta excepción al consumo de vino, tradicional en Francia.

El hecho fue debidamente publicitado por viticultores, bodegueros, medios de comunicación e incluso médicos de todo el mundo, hasta que una posterior revisión de los perfiles de las personas que entraron en el estudio reveló algunos aspectos interesantes. El primero es que cuando el estudio destacaba el valor de la consumición moderada de vino entre personas de mediana edad, no caía en cuenta que dicha moderación era síntoma de un nivel cultural medio y alto.

De dicho nivel se infería que estas personas extendían su moderación no solo al vino, sino a todos sus hábitos de vida en general y, por descontado, a su dieta, en la que introducían menos elementos grasos que sus compatriotas y, en cambio, más fruta, legumbres y verdura. Es decir, la ‘paradoja francesa’ no lo era tanto. Pero, ¿quiere decir eso que una copa de vino diaria no hace ni bien ni mal? Ahí empieza el debate.

 

 

Una copa es buena para el corazón

Incluso a pesar del detalle de que la moderación en sí es un signo de vida saludable y ello debía traducirse en los resultados del estudio, el mismo seguía mostrando que los franceses tenían estadísticamente mejor salud cardíaca que suecos, daneses, holandeses o alemanes entre otros pueblos. Por lo tanto era viable que existieran varios componentes del vino que ayudaran en algún modo a reducir el riesgo cardiovascular.

El vino es un alimento complejo con multitud de sustancias diluidas en aproximadamente 14 partes de alcohol por 86 de agua. Entre estas sustancias destacan los polifenoles, antioxidandes naturales que se cree que pueden intervenir en la fijación de los radicales libres del colesterol malo, haciéndolo menos soluble y por tanto impidiendo su absorción intestinal y con ello su paso a la sangre, donde así se evita que se acumule en las arterias.

Por otro lado, el mismo alcohol, por su condición de alta volatilidad, una vez en sangre actúa como dilatador arterial, ampliando el radio de la arteria y por tanto facilitando la circulación sanguínea y el desprendimiento de capas de colesterol malo que se pudieran haber formado. Además, los polifenoles favorecen el colesterol llamado bueno, que no tiene tendencia a acumularse en las arterias.

Resveratrol, ¿elixir de la juventud o magufada?

En consecuencia, desde el punto de vista vascular, parece que podría tener una base científica decir que el vino -se entiende que moderado- puede ser bueno para la salud. De hecho, se habla de una copa de vino al día en su equivalencia a 125 mililitros y se aconseja durante las comidas, sobre todo a partir de los 50 años y especialmente en mujeres, por su incidencia en la producción de estrógenos, una hormona que se vuelve deficitaria tras la menopausia.

 

 

Pero los descubrimientos respecto a las virtudes del vino no se detuvieron aquí, sino que se halló un componente con dos ciclos aromáticos llamado resveratrol que se produce normalmente como respuesta inmunitaria en las plantas tras una agresión o infección. El resveratrol, que también se acumula en la piel y sobre todo en la semilla de la uva, y por tanto pasa al vino, fue elegido como componente mágico que explicaba las virtudes curativas de los caldos tintos.

De repente proliferaron estudios y artículos que alababan sus cualidades y pasó a ser definido como potente anticancerígeno con cualidades, también, en la prevención de riesgos cardiovasculares. Por descontado, rápidamente diversas farmacéuticas lograron aislarlo y venderlo en cápsulas, sin aclarar muy bien para qué servía, aunque se publicitaba como ‘molécula antiedad‘.

Una copa triplica el riesgo de cáncer

El paroxismo llegó con una afirmación en algún medio digital de que un estudio había demostrado que una copa de vino equivalía a una hora de ejercicio gracias al resveratrol. Los autores del mismo se afanaron en matizar que el estudio se había hecho con ratones y con altas dosis de resveratrol, no equiparables al consumo humano. A partir de entonces las dudas sobre sus bondades han ido creciendo y diversos estudios contradicen las teorías iniciales, a pesar de que a día de hoy se sigue vendiendo como suplemento ‘antiaging’.

Pero el péndulo se situó completamente en el lado opuesto a la ‘paradoja francesa’ cuando en 2012 apareció un meta análisis sobre más de 200 publicaciones oncológicas en la revista Annals of Oncology, en el cual se aseguraba una relación entre diversos cánceres y la ingesta de alcohol, incluyendo la famosa copita de vino al día. Según el mismo, la ingesta de alcohol triplica el riesgo de sufrir cáncer de boca, faringe, esófago y mama.

 

 

Los tres primeros por contacto de los órganos con el alcohol y el cuarto precisamente por la subida de estrógenos que provocan las bebidas alcohólicas. Y es que al parecer, esta deficiencia hormonal posmenopáusica va destinada a evitar tumores. Al estudio le sucedieron cartas de médicos pidiendo responsabilidad a sus colegas a la hora de recomendar el vino como algo saludable.

¿A quién creemos entonces?

A falta de que el debate continúe con nuevos descubrimientos a favor o en contra, puede concluirse que:

  • El alcohol puede aumentar el riesgo de determinados cánceres.
  • Una copa pequeña de vino diaria durante las comidas es buena a partir de una cierta edad para prevenir el riesgo de problemas cardiovasculares.
  • Algunos médicos se aventuran a decir que una copa pequeña de vino diaria es recomendable a partir de los 50 años, especialmente en mujeres y salvo contraindicaciones.
  • El vino blanco tiene los mismos efectos positivos que el tinto.
  • No hay ninguna evidencia de que el resveratrol sirva para absolutamente nada en las dosis en las que se ingiere en el vino.
  • Al parecer y según un reciente estudio de la Universidad del Negev, en Israel, una copa de vino diaria podría ayudar a controlar la diabetes del tipo B, ya que el alcohol consume glucosa, aunque el mismo estudio reconoce la necesidad de ampliar el espectro y el plazo de estudio.