La obesidad ya es uno de los principales problemas que tiene la humanidad de cara al futuro. Se calcula que un 41% de los menores españoles entre tres y nueve años tiene sobrepeso y corre el riesgo de convertirse en obeso en el futuro. En Estados Unidos, el porcentaje de niños entre seis y once años que son ya obesos aumentó del 7% en 1980 a más del 20% en 2015. Del mismo modo, el porcentaje de adolescentes de 12 a 19 años con obesidad mórbida aumentó de 5% a más de 25% durante el mismo período.

Es un asunto que preocupa a gobiernos y organismos de sanidad de todo el mundo y que va en paralelo al auge de la comercialización de las bebidas azucaradas, la bollería industrial y la comida de lineal de supermercado, elaborada con grasas y aceites de baja calidad nutricional. Pero su prevención pasa más por la educación de los niños y adolescentes que por la prohibición del acceso a este tipo de productos, de dudosa salubridad.

En este sentido, los padres somos los principales responsables de que nuestros hijos pequeños no inicien la senda del sobrepeso y la obesidad. Es evidente que si no los tienen delante -se trata de unos productos especialmente diseñados para tentarles– será más difícil que hagan uso y abuso de ellos, pero no basta con esto, ya que no podemos vigilarlos todo el tiempo.

Aunque es cierto que muchas veces es duro y agotador no bajar la guardia, existe un componente de actitud que es esencial para lograr que nuestros hijos crezcan alejados de este problema. A continuación se dan diez consejos de sentido común para evitar que el drama de la obesidad infantil entre en nuestro hogar.

1. Hagamos deporte con ellos

No es necesario que sea deporte intenso si no somos muy propensos, pero sí es importante que nos vean practicándolo, porque siempre imitarán nuestro ejemplo. Podemos ir en bici con ellos, jugar al balón, al frisbee o simplemente trotar por un parque y jugar a perseguirnos. Se calcula que para prevenir la obesidad, un niño necesita un mínimo de 60 minutos de actividad física diaria, y una buena parte puede hacerla en la escuela o con sus amigos, pero no permitamos que piense que la familia es sinónimo de sedentarismo.

2. Impliquémosles en la compra de los alimentos

Es importante que la niña o el niño no crea que los alimentos aparecen en el plato por arte de magia. La cultura de la alimentación implica conocer todo el proceso, desde el origen de la materia prima hasta su cocinado. Que vean las hortalizas en el mercado, los pescados, las carnes o los embutidos más allá de un supermercado es estimulante para ellos y les hace tomar conciencia de donde procede cada elemento de su dieta diaria.

3. Dejémosles participar en la cocina

Es muy importante que poco a poco vayan cogiendo responsabilidades en la cocina, aunque siempre a partir de una edad razonable y siguiendo unas normas de seguridad que eviten accidentes. Por ejemplo, les podemos pedir que guarden los alimentos en la nevera o la alacena, y así aprendan dónde va cada cosa. O bien que laven las hortalizas, etc., pero siempre mantenerlos alejados de ollas, sartenes y cuchillos…

De esta manera estarán debidamente culturizados y por tanto serán conscientes de qué alimentos son sanos y cuáles conviene rechazar o al menos no hacer abuso. Por otro lado, participar en la cocina es un modo de integrarse en el orden familiar y hacerse un lugar en él, lo que refuerza el papel de los padres y madres como modelos a seguir.

4. Acostumbrémosles a las ensaladas

Vegetales y hortalizas no siempre son plato de gusto de los niños, sobre todo cuando se deben comer crudas, pero es fundamental que se acostumbren a su ingesta por los beneficios que reporta su fibra, que es un auténtico bastión contra la obesidad. Debido a su poder saciante, las ensaladas son un excelente primer plato y una buena manera de introducirlos en el mundo de los vegetales.

5. Evitemos los platos combinados

Los platos todo en uno pueden ser una solución para los adultos con mucho trabajo y poco tiempo, pero son una mala idea para educar a los niños, que de este modo pueden escoger comer primero aquello que más les atrae -carnes, salsas, tubérculos, etc.- y desechar luego los alimentos con fibra vegetal y mayor poder saciante, con lo que siempre se quedarán con hambre.

6. En casa, siempre cereales integrales

Podemos comer pan, arroz y muchos otros cereales siempre que conserven su porcentaje de fibra vegetal original. Ahora bien, son más duros y menos cómodos de masticar, con lo que nuestros hijos, de buenas a primeras, no los aceptarán. Por ello es importante que los acostumbremos de pequeños.

7. Tortilla por la noche, pero sin abusar

La tortilla es de las cosas más ricas que se pueden comer en la infancia, y fuera de ella también. Pero es un plato sencillo, fácil, con un relativamente elevado poder calórico y que se come casi sin masticar. Es conveniente no acostumbrar a nuestros hijos a platos de ver y tragar o luego nos rechazarán cosas más difíciles de engullir.

8. Combinemos carne, legumbres y pescado en recetas ingeniosas

Es necesario que los niños conozcan todos los tipos de carne, pescado -no si somos vegetarianos, por supuesto- y legumbres, porque cuanto más variada sea su alimentación menos riesgo tendrán de caer en el sobrepeso y la obesidad. Ahora bien, seamos ingeniosos en las preparaciones o les crearemos una peligrosa sensación de tedio y rechazo por un determinado tipo de comida. Aprender a cocinar y emplatar con cierta gracia es fundamental.

9. La fruta, siempre en piezas, nunca en zumos

La fruta entera con su pulpa es sinónimo de dulzor y acidez refrescante, pero también de tomarnos un trabajo masticando, lo que para un niño puede ser cansado. El zumo de fruta, en cambio, es fácil de tomar sin esfuerzo y gratifica. Pero es puro azúcar que sin la fibra de la pulpa pasará directamente al torrente sanguíneo activando los mecanismos que llevan a la obesidad.

10. Comamos siempre juntos, pero nunca delante del televisor

Es importante evitar las distracciones cuando se come, sobre todo el televisor, o los vídeos en los móviles, etc. Si los niños están distraídos, es cierto que comerán con más facilidad, pero desactivarán los mecanismos de saciedad y activarán los del placer, asociando el entretenimiento audiovisual con la comida.

Después no debemos extrañarnos si cada vez que ven una serie comen pipas o patatas frías o piden una pizza por teléfono. Por otro lado algunos estudios han demostrado la eficiencia de las comidas en familia a la hora de adquirir una disciplina alimentaria.